Cómo tomar mejores decisiones cuando estás bloqueado
Cuando una decisión se atasca, el problema no siempre es falta de respuestas. A veces estás intentando resolver demasiadas preguntas a la vez.
Hay decisiones pequeñas que consiguen ocupar una cantidad de espacio bastante desproporcionada.
Responder a una propuesta. Elegir entre dos opciones. Decidir si haces algo ahora o lo aplazas. Decir que no. Comprar, cambiar, aceptar, cancelar, empezar.
Sobre el papel parecen asuntos manejables. Dentro de la cabeza pueden convertirse en una reunión permanente en la que todos hablan y nadie levanta acta.
Cuando eso ocurre, solemos pensar que nos falta una respuesta.
A veces lo que falta es algo anterior: saber exactamente qué estamos decidiendo.
Estar bloqueado no significa necesariamente que no sepas decidir. Puede significar que estás intentando responder varias preguntas a la vez.
Primero: separa la decisión del resto del problema
"No sé qué hacer con este proyecto" no es todavía una decisión.
Dentro puede haber varias preguntas distintas:
- ¿quiero seguir con él?
- ¿tengo tiempo suficiente?
- ¿merece el dinero que cuesta?
- ¿qué tendría que dejar de hacer para continuarlo?
- ¿necesito decidirlo ahora?
Mientras todas esas cuestiones permanezcan mezcladas, es fácil sentir que el problema entero debe resolverse de una sola vez.
Prueba a escribir una frase concreta:
"Necesito decidir si..."
Y termina la frase sin añadir cinco asuntos nuevos.
Por ejemplo: "Necesito decidir antes del viernes si acepto esta propuesta en las condiciones actuales".
Ahora ya tenemos algo que mirar.
No todas las decisiones merecen el mismo método
Antes de seguir conviene hacer una distinción que suele olvidarse en los artículos sobre "tomar decisiones".
No es lo mismo elegir una herramienta, cambiar una rutina o probar una actividad que decidir sobre una operación médica, firmar un préstamo, aceptar una condición legal o hacer un cambio difícil de revertir.
Cuanto mayores sean las consecuencias y más difícil sea deshacer la decisión, más importante es buscar información fiable, tiempo suficiente y, cuando corresponda, asesoramiento profesional.
El método de este artículo está pensado sobre todo para decisiones cotidianas o de alcance limitado, y para ordenar la cabeza antes de abordar otras más importantes.
Quince minutos pueden ayudarte a aclarar una decisión. No convierten una hipoteca en un pasatiempo.
Separa hechos, temores y suposiciones
Una parte del bloqueo aparece cuando todo tiene el mismo aspecto.
Sabemos una cosa, tememos otra y damos una tercera por cierta sin haberla comprobado.
Por ejemplo:
La propuesta vence el viernes.
Exige seis horas semanales.
La remuneración es esta.
Quizá no esté a la altura.
Puede que luego me arrepienta.
Me preocupa quedar mal si digo que no.
Seguro que no aceptarán negociar.
Si rechazo esto no habrá otra oportunidad.
Todos esperan que diga que sí.
Los temores importan. No hay que fingir que no existen.
Pero un temor no se convierte en hecho por repetirlo muchas veces.
Y una suposición tiene una ventaja: a veces puede comprobarse.
Quizá puedas preguntar si las condiciones son negociables. Tal vez puedas confirmar un plazo. Quizá exista una información que reduzca parte de la incertidumbre.
Eso ya cambia bastante el terreno.
Decide qué criterios importan antes de comparar opciones
Otro motivo frecuente de atasco es comparar alternativas sin tener claro con qué criterio.
Imagina que estás eligiendo entre dos trabajos.
Uno paga más. El otro está más cerca. Uno ofrece estabilidad. El otro más libertad. Uno te interesa más. El otro tiene mejor horario.
Si intentas comparar todo al mismo tiempo, puedes pasar horas moviendo ventajas de una columna a otra.
Antes de hacerlo, decide qué factores son realmente importantes para esta decisión.
Pueden ser tres o cuatro:
- dinero;
- tiempo;
- riesgo;
- impacto familiar;
- interés personal;
- posibilidad de rectificar más adelante.
No hay una lista correcta.
La pregunta es otra: ¿qué tendría que respetar una opción para que yo pudiera considerarla razonable?
Reducir opciones puede ayudar, pero no siempre
Existe una idea popular según la cual cuantas más opciones tenemos, peor decidimos.
La realidad es más incómoda, como suele ocurrir.
La investigación sobre "sobrecarga de elección" encuentra resultados distintos según el contexto. Tener muchas opciones puede dificultar una decisión cuando compararlas es complejo, no sabemos bien qué queremos o la tarea ya es difícil. En otros casos, disponer de más alternativas puede ser útil.
Así que no hace falta reducir siempre una lista de diez opciones a dos por principio.
Pero si llevas media hora comparando posibilidades que apenas se diferencian o que ni siquiera son viables, haz una criba.
Descarta primero lo que no cumple tus criterios mínimos.
Después compara lo que queda.
Eso no es renunciar a pensar. Es dejar de dedicar atención a alternativas que ya sabes que no vas a elegir.
Pregunta qué información podría cambiar realmente la decisión
Buscar más información parece prudente. A veces lo es.
Otras veces se convierte en una forma bastante respetable de aplazar.
Prueba con esta pregunta:
"¿Qué dato me falta que podría hacerme elegir de otra manera?"
Si existe, búscalo.
Si no sabes nombrarlo y llevas días consultando opiniones, reseñas y comparativas, quizá ya no estés buscando información nueva. Quizá estés buscando certeza.
Y la certeza completa no suele estar disponible.
Eso no significa decidir a ciegas. Significa distinguir entre información relevante e información adicional.
Mira también qué ocurre si no decides
No tomar una decisión puede ser una opción perfectamente razonable.
Esperar puede permitir que aparezca información nueva, que cambien las circunstancias o que una oportunidad poco clara deje de tener sentido.
Pero esperar también puede tener un coste.
Por eso conviene hacer explícita la alternativa que solemos esconder:
"¿Qué pasa si durante una semana, un mes o el plazo que corresponda dejo todo exactamente como está?"
Quizá no pase nada.
En ese caso, estupendo. Acabas de descubrir que la decisión tenía menos urgencia de la que parecía.
O quizá pierdas una fecha, mantengas un gasto, retrases otro asunto o sigas sosteniendo una situación que ya querías cambiar.
No decidir también modifica el futuro. Solo lo hace con menos ceremonia.
Distingue entre decisiones reversibles y difíciles de deshacer
Esta es una de las preguntas más útiles:
"Si me equivoco, ¿qué facilidad tengo para corregir?"
Si puedes probar algo durante una semana, cancelar una suscripción, cambiar una rutina o volver atrás con un coste pequeño, quizá no necesitas semanas de análisis.
Puedes decidir, observar y corregir.
Si la decisión implica mucho dinero, salud, obligaciones contractuales, consecuencias familiares importantes o un cambio difícil de revertir, merece más cuidado.
No porque debas alcanzar la certeza absoluta, sino porque el coste de equivocarte es distinto.
Tratar todas las decisiones como si fueran irreversibles agota.
Tratar todas como si fueran una prueba sin consecuencias también puede salir bastante caro.
Un método de 15 minutos para una decisión cotidiana
Tres bloques de cinco minutos
Primeros cinco minutos: escribe qué tienes que decidir, cuál es el plazo real y qué ocurriría si no decides todavía.
Siguientes cinco minutos: separa hechos, temores y suposiciones. Anota qué información falta y, sobre todo, cuál podría cambiar realmente tu elección.
Últimos cinco minutos: define tus criterios principales, descarta opciones claramente inviables y decide si ya puedes elegir o si necesitas un siguiente paso concreto para obtener información.
Observa que el resultado no tiene que ser siempre "ya he decidido".
También puede ser:
"Mañana llamaré para confirmar este dato y decidiré después."
Eso no es seguir bloqueado.
Es saber qué falta.
Dos errores que alargan el bloqueo
El primero es pedir opiniones sin límite.
Consultar a alguien que conoce el tema puede ayudar. Preguntar a ocho personas con valores, intereses y experiencias distintas puede proporcionarte ocho decisiones nuevas que tampoco son la tuya.
El segundo es revisar una decisión ya tomada cada vez que aparece una pequeña duda.
Después de elegir es normal seguir viendo ventajas en la opción descartada. Haber tomado una decisión no elimina mágicamente las virtudes de las alternativas.
Si no aparece información nueva y relevante, quizá no necesites volver a empezar el proceso cada mañana.
Una buena decisión no garantiza un buen resultado
Podemos decidir con información razonable, criterios claros y prudencia y aun así equivocarnos.
También podemos decidir de manera bastante chapucera y tener suerte.
Resultado y calidad de la decisión no son exactamente lo mismo.
Por eso conviene juzgar menos una decisión por "salió bien" o "salió mal" y mirar también cómo se tomó: qué sabías entonces, qué riesgos eran previsibles y qué alternativas tenías realmente.
Eso permite aprender sin exigirnos una capacidad que nadie tiene: conocer el futuro antes de elegir.
Aviso responsable: este artículo ofrece una herramienta general para ordenar decisiones cotidianas. No sustituye asesoramiento médico, psicológico, jurídico, financiero ni profesional cuando las consecuencias de una decisión lo requieren. Si el bloqueo es persistente, causa un malestar intenso o interfiere de forma importante en tu vida diaria, conviene consultar con un profesional cualificado.
Tomar mejores decisiones no consiste en eliminar todas las dudas.
Consiste en saber cuáles importan.
A veces la salida del bloqueo no es encontrar una respuesta perfecta.
Es formular bien la pregunta, separar lo que sabes de lo que imaginas y averiguar si de verdad necesitas seguir pensando.
Después toca elegir.
O decidir, con razones, que todavía no es el momento.